La llamada
a la vida monástica es percibida de maneras muy diversas según las personas.
En unos, esta llamada es consecuencia de una toma de conciencia del
carácter trágico de la condición humana y de la vanidad del mundo. En
otros, la llamada se inscribe más bien en una experiencia de asombro
ante la grandeza y la bondad de Dios.
La vida monástica no está en todo caso reservada a temperamentos especiales
o a "buenos cristianos". No obstante, puesto que es una consagración
total a Dios, se traduce en un desasimiento radical de sí mismo en Cristo
, y exige, además de la fe, cualidades, de las cuales las primeras son
la generosidad y la fidelidad.
Las mejores motivaciones siendo raramente puras y simples, se impone
un discernimiento previo antes de tomar la grave decisión de comprometerse
a seguir este "regio camino". Este discernimiento lo lleva a cabo, en
último término, el abad del monasterio, y esto después de un período
de prueba más o menos largo del candidato.